Hola, yo soy Elmer
Ramírez.
Nací en el IGSS de
la Zona 6, actualmente tengo 15 años de edad y esta es mi historia. Desde que
tengo conciencia. Cuando tenía tres años nació mi hermana, la cual se fue nombrada
Allison. Ella era muy dormilona y cariñosa, pasó un año desde su nacimiento y
como todo recién nacido empezó a dar sus primeros pasos. Al darlos yo la ayudé
para mantener el equilibrio estando a su lado al empezar a caminar.
Según dicen, yo
empecé a caminar al año de haber nacido, pero la verdad no sé exactamente la
fecha de ese suceso.
Recuerdo que jugábamos
mucho cuando apenas éramos unos niños, también solíamos ser muy unidos porque
hemos sido criados juntos, ambos pasábamos mucho tiempo en casa inventando
juegos y haciendo el aseo de la casa, aunque no nos gusta hacerlo igual tenemos
que hacerlo.
Cuando éramos
pequeños nos gustaba pasar tiempo juntos y compartir las tareas de cada uno,
hay quienes dicen que éramos muy alegres juntos.
Luego yo cumplí
cinco años y ella dos, recuerdo que compramos un pastel muy grande y que llegó
mucha gente al evento. Una vez que los invitados se fueron ambos esperábamos ‘El
mejor regalo’, el de mis padres…
Ellos son dos seres
muy importantes en mi vida. Mi papá se llama Elmer, igual que yo. Y mi mamá se
llama Sandra.
Somos una familia
de cuatro integrantes y hemos pasado muchos momentos juntos, viajes, salidas,
paseos y de más.
Si hay algo que
tenemos en común es que a todos nos gusta la pizza y la comida rápida, nos
gusta la soda, en especial la Coca-Cola, nos gusta salir a pasear y a pasar el
tiempo en actividades emocionantes tales como los juegos mecánicos.
También nos gusta
la música, aunque tenemos gustos muy, muy diferentes.
Por ejemplo: Mi
mamá es muy religiosa, le gusta la música cristiana. A mi papá le gusta de
todo, el escucha lo que está de moda. Mi hermana escucha pop y música en
inglés. Y a mí la música Electrónica, Metal, Black Metal y Post-Hardcore.
Me gusta la música
alocada debido a que mi vida es así. De hecho si mi vida fuera una canción de
seguro sería parte del género Dubstep, ya que es muy desordenada.
Me gusta tanto la
música electrónica que hace dos años empecé mi carrera como Dj.
Empecé grabando en
mi computadora mis Podcasts y sesiones de mezclas, estudié instrumentos
musicales tales como la batería, la flauta y teclado (Aunque no llegué a
finalizar el curso debido a cuestiones de tiempo).
Me especialicé en
las percusiones y los tiempos de batería.
A mitad del año
pasado empecé a producir mis propias canciones en Fruty Loops Studio. Hoy en día uso varios programas como Music
Maker Jam, Ableton, FL Studio 11, Sony Acid, Asio All (Para las voces). Como me
especialicé en batería y percusiones empecé a producir música Drum n’ bass.
En ese entonces no
tenía ningún promotor, por así decirlo.
Hasta hace más o
menos dos meses tomé la decisión de hacer algo totalmente diferente a lo que tenía
acostumbrada a mi audiencia.
Tocaba mis
producciones en una radio Online llamada Sounds Bassfulled, era una radio
española dedicada a la música electrónica de productores en busca de algún caza
recompensas, fue entonces cuando conocí a la hija del dueño de la disquera Beat
Box Records. La cual está establecida en Chihuahua, México.
Cuando cumpla la
mayoría de edad (En dos años) iré a buscar una disquera y si es posible entrar
a Scantraxx Records y ser lanzado en Misteryland.
Quiero producir
Hardstyle, actualmente ya tengo un EP y
un Single.
Hace poco me enteré
de que mi apellido Maldonado es español y que mi mamá es de descendencia
española y mi papá de descendencia irlandés.
Mi sueño es ser un
Dj famoso y un productor reconocido a nivel mundial…
Mi papá se dedica
al servicio del Aeropuerto Nacional y mi mamá es licenciada en Administración
de Empresas y Recursos Humanos y yo amm… bueno yo soy un joven que debe
terminar su carrera para poder cumplir su sueño.
Hace ya varios años
que tomé la decisión de ser Productor pero si por algún azar del destino no se
llegara a dar la oportunidad, quiero ser abogado o ingeniero en sistemas.
También me gustaba
mucho jugar al futbol, solía ser un poco bueno para jugar.
Debo saber hacer
algo si no se llegase a cumplir mi sueño, pero mientras se da la oportunidad me
superaré académicamente y seré un profesional.
La temporada más feliz de mi vida fue cuando jugaba fútbol en
los campos de Montserrat. Con un grupo de cuates armamos un equipo al que
llamamos FC Bárcenas. Le llamamos así porque los dueños del equipo eran de
Bárcenas. El Lito y el Cacho, hermanos, no eran tan buenos para jugar, pero
ponían los uniformes y las pelotas para entrenar. Todos teníamos menos de
veinte años y empezábamos la carrera, pocos trabajaban. Entrenábamos casi todos
los días, aunque no éramos tan buenos que digamos. Jugamos tres torneos, en el
primero empezamos ganando, contra todo pronóstico. Pero después todo cambió.
Al comenzar la primera temporada armamos un equipo a duras
penas. No teníamos entrenador. Yo jugaba de lateral derecho. Siempre corría
mucho, nunca me cansaba, me decían que tenía tres pulmones. En la portería
estaba Nixon, uno de los peores porteros con los que he jugado.
De defensas centrales estaban los dos hermanos, el Lito y el
Cacho. De lateral izquierdo estaba el Tablas, otro chavo que cómo corría. En la
media estaban el Marcelino, el Juan, el Domitilo y el Vladi. De delanteros el
Moisés y el Momos, a quien llamábamos así porque era de Momostenango.
Éramos un desastre jugando, pero ganamos los tres primeros
partidos. En la primera jornada porque el otro equipo iba sólo con siete
jugadores; les ganamos dos a cero. En la segunda, porque yo metí un gol al
primer minuto y después nos dedicamos a defender ese golito con todas nuestras
fuerzas. También porque les expulsaron a dos y nos perdonaron un penal.
El tercer partido ganamos porque el otro equipo no se
presentó. Al entrenador se la había olvidado que el partido era en sábado y no
en domingo. Les avisó a sus jugadores a última hora, pero apenas llegaron cinco
y el árbitro dijo que no eran suficientes para un partido. Íbamos de líderes,
era increíble.
Luego, en las siguientes quince jornadas, perdimos todos los
partidos, generalmente por goleada. A los últimos tres nos presentamos sólo
siete jugadores, los demás se habían ido a chupar el día anterior o no les
importaba. Con el Tablas nos cansamos de correr por las bandas y meter centros,
pero nunca había nadie. En fin, fue un desastre el primer torneo.
Quedamos en último lugar. Sin embargo, yo disfrutaba jugar,
no eran tan importantes los resultados. Era el viento en la cara y la lucha
eterna por la pelota lo que me motivaba. Y la cerveceada después de los juegos
con el Lito y el Cacho. El Barsa, como le llamábamos al equipo, había sido un
desastre en la primera temporada. Sin embargo, acompañados de las cervezas de
la última jornada, nos propusimos que eso cambiaría para el siguiente torneo.
Fue así que para la segunda temporada yo convencí a don Polo
para que nos entrenara. Don Polo era un tipo que vivía cerca de mi casa y que
había sido jugador profesional. El Lito y el Cacho convencieron a un par de
primos para que integraran el equipo. Yo llevé también a un par de amigos del
colegio. Hicimos pretemporada, con ejercicio físico y trato de balón. Al
iniciar el torneo estábamos en forma. El Tablas y yo corríamos más que nunca.
Los primos del Lito y el Cacho eran mediocampistas: Andrés y
Javier. Muy buenos, algo callados, pero buenos. Mis cuates de la colonia, el
Víctor y el David. Un buen portero y un delantero correlón. En la media
completaban el Domitilo y el Vladi. En la delantera seguía el Momos. A todos
los demás los habíamos despachado o ya no se asomaron. Le habíamos cambiado la
cara al Barsa y teníamos la esperanza de quedar entre los tres o cuatro
primeros lugares.
Antes de comenzar el torneo tuvimos cuatro partidos
amistosos, ganamos dos, empatamos uno y perdimos uno. Era un buen balance. El
sistema que había ideado el profe Polo nos hacía las cosas más fáciles al
Tablas y a mí. Al Lito y al Cacho, que no eran tan buenos que digamos, les
enseñó a quitar la bola y a darla a los medios o a los laterales. Se pasó
varias tardes con ellos para que también aprendieran a cabecear. Al Domitilo y
al Vladi los presionó para que corrieran más y ayudaran en la defensiva. Al
Momos le enseñó a pivotear. Al Tablas y a mí nos dijo que no corriéramos tan a
lo loco y que tapáramos bien las del rival.
Sin embargo, a pesar de que todo pintaba bien, perdimos los
primeros dos partidos de la temporada por uno a cero. Cuando íbamos a jugar el
tercer partido de la temporada, el profe Polo llevó a su sobrino, Leonel, un
chavito de 17 años, para la banca. Nos propusimos ganar el primer partido a
como dé lugar, pero al medio tiempo íbamos perdiendo cinco a cero, dos
autogoles y un penal incluidos. Casi dando el partido por perdido, al segundo
tiempo entró Leonel por el Momos y subió como falso delantero Andrés. El profe
nos dijo que no pensáramos en el marcador, sino en meter el primer gol. Si
metíamos el primero, que nos enfocáramos en meter el segundo.
Pero que nos
olvidáramos del marcador.
Al nomás iniciar el segundo tiempo, yo corrí la banda y tiré
un centro que
Andrés bajó con la cabeza y Leonel, el chavito recién entrado,
marcó el primer gol de zurda. Las defensas del otro equipo se quedaron un poco sorprendidos.
El entrenador de ellos cambió de inmediato a uno de los defensas. Pensando en
un gol a la vez, así como nos había dicho el profe al medio tiempo, logramos
empatar el partido, cinco minutos antes del final. Yo anoté uno, David otro y
Leonel tres. Leonel, además había dado el pase de mi gol. El entrenador del
otro equipo exclamó, medio en broma, medio enojado: Polo, saca a ese número 19,
¡por dios!
En el último minuto nos dieron un tiro libre en la media luna
del área rival.
El encargado, por
supuesto, era Leonel, el nuevo. Con un disparo que hizo un chafle que yo nunca
había visto, anotó el 6 a 5. Era increíble. El entrenador del otro equipo
regañaba a todos sus jugadores y brincaba de la cólera. Habíamos ganado nuestro
primer partido metiendo seis goles en un sólo tiempo. Terminamos
emborrachándonos en una cevichería que queda enfrente de los campos de Montserrat.
Después de ese partido decidimos darle el número 10 a Leo,
como le llamábamos. Tuvimos una racha de seis partidos ganados, todos por
goleada. Nadie creía que en el torneo anterior habíamos quedado de últimos.
Así
llegamos a la novena jornada, contra el campeón, el Real Mazate.
Había sido tan buena la racha, que por ese entonces convencí
a la Gaby para que fuera mi novia. La había perseguido por meses. Ella siempre
había sido futbolera y nosotros éramos el equipo de moda.
Los del Real Mazate tenían un delantero, el Rony, que era de
los más veloces que yo había visto. No voy a negar que tuviéramos miedo. Era un
buen equipo. Sin embargo el profe dijo que nos olvidáramos de que era el
campeón, porque ganando el partido quedábamos en primer lugar.
Recuerden el
primer partido que ganamos, la cosa es meter un gol a la vez.
Cuando nos estábamos cambiando, antes de empezar el partido,
el Rony se me acercó y me dijo que si yo lo marcaba y lo golpeaba lo iba a
lamentar. Riéndose, escupió al suelo y regresó a calentar con su equipo. En la
primera oportunidad que tuve le metí una su buena patada, que protestó como
niña y me significó una tarjeta amarilla.
Ya en el partido, el Real Mazate pegó primero. Un gol del
Rony de cabeza, donde nadie le ganaba, ya casi para finalizar el primer tiempo.
Ese gol nos cayó como balde de agua fría. Al medio tiempo el profe Polo nos
pegó una gran regañada, pero nos dijo que nosotros debíamos ganar ese partido,
que debíamos enfocarnos en meter el primer gol y luego el segundo y ganar el
partido. Este partido era decisivo para terminar campeones.
Así
que para el segundo tiempo salimos decididos. En la primera jugada, yo corrí lo
más que pude toda la banda y centré. No sé bien como le hizo el Leo, pero la
bajó de pecho, se quitaron dos defensas y de derecha anotó el gol.
Seguimos luchando, pero realmente eran buenos los otros. Nos estrellaron dos pelotas en los palos. Como al minuto 25 el profe decidió que yo me convirtiera en un delantero más, por izquierda, a pierna cambiada. Como los rivales me esperaban por derecha, corriendo desde más atrás, era posible sorprenderlos. La Gaby me miraba y gritaba ¡vamos Dani, ¡vos podés!, ¡corré!, ¡corré! ¡Ese es mi Dani!.
Seguimos luchando, pero realmente eran buenos los otros. Nos estrellaron dos pelotas en los palos. Como al minuto 25 el profe decidió que yo me convirtiera en un delantero más, por izquierda, a pierna cambiada. Como los rivales me esperaban por derecha, corriendo desde más atrás, era posible sorprenderlos. La Gaby me miraba y gritaba ¡vamos Dani, ¡vos podés!, ¡corré!, ¡corré! ¡Ese es mi Dani!.
La estrategia dio resultado. El lateral derecho de ellos ya estaba cansado y no me podía alcanzar. Tuve una como al minuto 35, pero el portero me la quitó. El gol llegaría al minuto 40. Ellos adelantaron líneas y en una de esas Leo me sirvió un pase en profundidad, quedando yo solito frente al portero.
Anoté tirando lo más fuerte que pude, en el ángulo superior derecho. La gente que miraba el partido gritó el gol y yo me fui abrazar con la Gaby. Lo habíamos logrado, éramos líderes y habíamos vencido al campeón. Nos fuimos a la casa del Lito y celebramos con una gran fiesta.
Ganamos los siguientes cinco
partidos, todos con tres goles o más. Sin embargo, en la jornada 14 se nos
lesionó Leo y tuvimos tres empates seguidos. Uno de ellos con gol de último
minuto, contra el Real Mazate. Para la última jornada, estábamos empatados en
puntos con el Real Mazate y Leo estaba sólo para jugar medio tiempo.
Ese último partido lo jugábamos
contra un equipo llamado Flamengo. Eran buenos, pero ganaban partido y perdían
dos. No sé qué pasó, pero casi al principio el Lito se desconcentró y cometió
penal, que aprovecharon los del Flamengo. Luego yo perdí un balón en salida y
en menos de veinte minutos ya íbamos perdiendo 2 a 0.
El
Real, que jugaba al mismo tiempo en la cancha de a la par, iba ganando. Al
medio tiempo, nosotros íbamos perdiendo ya 3 a 0 y el Real iba ganando por dos.
El profe Polo nos pegó la más grande regañada que yo tenga memoria. Nos dijo de
todo. Pero al final nos dijo que nosotros éramos el mejor equipo que había
entrenado, que éramos los mejores del torneo, que debíamos meter los cuatro
goles que se necesitaban para ser campeones. Que corriéramos más que nunca, que
no diéramos una pelota por pérdida, que si queríamos llegar a lo más alto
debíamos correr el triple que el rival.
Envalentonados con la charla, y
ya con Leo en el campo, emprendimos la remontada. El Momos metió el primer gol,
entrando como una tromba en el área y casi estrellando la pelota contra la cara
del portero, que no tuvo más que hacerse a un lado para conservar la cabeza en
su lugar. El mismo Momos fue a la red a traer la pelota y la puso en el
mediocampo. El 3 a 2 fue una jugada de Leo que se llevó a cinco jugadores
rivales partiendo del medio campo y driblando al portero metió la pelota en la
portería solitaria. Apenas llevábamos quince minutos del segundo tiempo y el
campeonato empezaba a ser posible. En el campo de a la par, el Real Mazate
goleaba ya 5 a 0 al otro equipo, sin piedad.
El empate llegó por medio de
Javier, con tiro libre impecable, al minuto 25. Teníamos veinte minutos para
lograr el campeonato, sin embargo no tuvimos otra oportunidad de gol sino hasta
dos minutos del final, cuando inexplicablemente Leo falló un penal. En tiempo
de reposición, yo salí casi a la desesperada corriendo por la banda derecha, no
miré a nadie, corrí con el balón lo más rápido que pude, llegué a línea final y
a partir de allí todo fue como en cámara lenta. El centro, que pareció caer
eternamente, iba dirigido, como me había enseñado el profe, a la altura del
punto penal. Lito había subido desde la defensa viendo mi carrera y no tenía marca.
Saltó. Parecía que no iba a llegar nunca, pero llegó al balón. La pelota siguió
viajando a cámara lenta hacia la portería. El portero la rozó con los dedos,
pero al final, agónicamente, pegó en la red. Éramos campeones.
Luego del partido fuimos a la
casa del Lito y estuvimos de fiesta hasta el amanecer. Con la Gaby nos escapamos
a una venta de hot dogs de la calzada Mateo Flores como a las diez, y creo que
esa vez fue que la besé.
Yo
volví para seguir la celebración como a la una de la mañana. Vimos el amanecer en
la terraza con una Coca-Cola en la mano. Hacía un poco de frío, pero todos
seguíamos con el uniforme del Barsa. Leo, que era de los más callados, viendo
las primeras luces del día, dijo que nunca había estado tan feliz, y que éramos
los mejores cuates del mundo. El profe Polo nos agradeció con lágrimas por
volverlo a meter al fútbol y así volver a creer en sí mismo.
A la siguiente temporada, sin
embargo, el equipo se desarmó. El profe se fue a entrenar a un equipo de
segunda división, Leo se fue a estudiar con una beca a México, y yo, con la
Gaby enamorada. Seguimos con el equipo, ganamos algunos partidos, pero quedamos
penúltimos. Cuando llegó el último partido de la temporada, nos visitó el profe
Polo. Con las indicaciones que nos dio ganamos tres a cero. Como siempre,
terminamos en la terraza de la casa del Lito, pero ya no me quedé hasta el
amanecer porque al otro día tenía que ir a estudiar.
Daria
lo que fuera por volver a juntar al equipo y volver a jugar algunos partidos y
recordar los viejos momentos, eran buenos esos tiempos en que ir a jugar un
partido con los cuates era lo mejor que podía haber después del colegio.
Es
muy bueno cuando vuelves a verlos y jugar, el único problema es que ahora
vivimos lejos y ya casi no se puede.
Aún
recuerdo ese gran día libre…
Cuando a media mañana fui a un comercial a
comprar tiempo de aire para mi celular. Me acerqué a un kiosco que tenía un
rótulo de doble tiempo de aire. Atrás del mostrador iluminado, estaba una
muchacha de no más de veinte años, con el rostro transfigurado por la luz del
monitor de su computadora. Me vio llegar, pero apenas levantó los ojos del
monitor y volvió a teclear y a esperar respuesta. Luego sonó el clásico bip de
respuesta del chat y la muchacha se rió de buena gana. Yo estuve allí un par de
minutos, pero ella no volvió a verme, pese a que estaba situado enfrente de
ella. Me sentí incómodo pero preferí no hablarle, porque cuando le interrumpís
a una adolescente su chat, es ganarte una maldición. Así que me encaminé hacia
otro kiosco, pero entonces la muchacha reaccionó y me preguntó, amable, que qué
se me ofrecía.
Como hacía mucho calor, pasé a una heladería y
pedí una nieve. Mientras la tomaba, vi a una adolescente sentada en una banca,
en uniforme de colegio, con su cabeza agachada sobre un teléfono celular.
Estaba enviando mensajes de texto a la velocidad de la luz. A veces, cuando la
respuesta no parecía gustarle rechistaba frunciendo el ceño. Si le gustaba la
respuesta, sonreía y respondía más rápido.
Después de varios minutos de idas y venidas de mensajitos, levantó la cabeza del celular y resopló. Miró a su alrededor con una mirada aburrida, sacó unos audífonos de su mochila, se los colocó en el oído y volvió al celular. Empezó de nuevo a enviar mensajes.
Después de varios minutos de idas y venidas de mensajitos, levantó la cabeza del celular y resopló. Miró a su alrededor con una mirada aburrida, sacó unos audífonos de su mochila, se los colocó en el oído y volvió al celular. Empezó de nuevo a enviar mensajes.
Luego caminé hacia el supermercado a hacer unas
compras que hacían falta. Ahí me encontré con mi amigo Fernando, un visitador
médico exitoso. Siempre bien vestido y perfumado, me saludó con la ceremonia
con que suelen saludar los vendedores profesionales. Gustazo de verte vos, cómo
has estado, mirá que me alegra mucho saludarte. Después de la pequeña
conversación cordial de rigor, recibió una llamada en su celular. Le dijo mi
amor cómo está, la he extrañado, por qué no me había llamado. Y sin más
ceremonia, se despidió de mí, aduciendo que la llamada era muy importante y que
me llamaría para tomar una soda un día de éstos.
Después de pagar por lo que llevaba, pensé en revisar mi correo
electrónico en un cibercafé del lugar. Atendía un muchacho flaco, con el pelo
sobre la frente y un arete en la nariz. Estaba jugando fútbol en la
computadora. A cada pase que tenía que hacer el jugador en la pantalla, al muchacho
parecía torcérsele la boca, se balanceaba a los lados cuando el portero tenía
que atajar y cuando al fin metió gol, lo gritó como si estuviera en el estadio,
alzando el puño en señal de victoria. Hasta ese momento se dio cuenta de mi
presencia. Le pedí una hora de tiempo y me senté a la par de una jovencita que
actualizaba su Facebook. En el chat me encontré con una amiga, que me dijo que
no podía hablarme mucho, porque salía en ese momento para una cita con sus
amigas. La muchacha que actualizaba su Facebook llevaba una memoria usb de la
cual escogía las fotos que publicaría en su perfil. Tenía cientos de fotos,
pero no se decidía por ninguna. No era una muchacha muy bonita, pero me pareció
atractiva. En un momento me pidió que opinara sobre dos fotos, para escoger una
para su perfil. Le dije que en la foto donde estaba con la playera verde me
parecía bien. Ella me agradeció pero escogió la otra, en donde tenía playera
roja y tenía una sonrisa practicada en el espejo para lucir en Facebook. No
volteó a verme nunca más.
En
el trabajo yo había pedido el día libre, a cuenta de vacaciones, porque me
sentía aturdido de tanto trabajo. Pensé que al tener tiempo podría relajarme y
olvidarme un poco de la rutina. Pero lo cierto es que al regresar a casa para
el almuerzo, extrañé no ir a la cafetería de siempre, con la mesera de
sonrisa amable.
Por
la tarde quedé con mi hermana para refaccionar. Ella es una ejecutiva
importante, siempre nos hemos llevado bien. Llegó, unos quince minutos tarde,
sofocada por el calor, disculpándose y anunciándome que no se podía quedar
mucho tiempo, pero que le alegraba verme. Ella pidió un refresco y yo una
cerveza.
A los cinco minutos de conversación, sonó una alarma en su
teléfono. Cuando lo sacó vi que era uno de esos muy modernos, a los que les
llaman inteligentes. Ah, sí, me dijo entusiasmada, con este puedo enviar mis
mensajes a Twitter y conectarme con gente importante. Es buenísimo eso del
Twitter, me contó, mientras enviaba una respuesta a su amigo de México, según
me dijo. Luego descubrió que uno de sus seguidores de Twitter le había enviado
un video, que me mostró. Era un niño que no paraba de reírse, lo que a los dos
nos provocó risa. Mi hermana escribió un tweet en el que contaba que estaba tomando una
cerveza con su hermano favorito. Pero si sólo tenés uno, le dije, y además sólo
yo tomo cerveza. Se rió de buena gana y se quedó más tiempo del que había
anunciado.
Al salir de la cafetería
empezaba a oscurecer. Mi hermana al entrar a su carro envió untuit, seguro contando que
había terminado su reunión conmigo. Yo me fui a casa, y encontré a mi mujer
subiendo las fotos de la reunión a la que habíamos ido el domingo. Aunque me
saludó cariñosa, siguió entretenida con su tarea. Yo, por mi parte, encendí la
tele y me puse a ver el noticiero. A pesar de haber tenido el día libre, sentí
alivio porque iría al trabajo de nuevo por la mañana. Como había comido algo
con mi hermana ya no me preocupé por cenar, y me terminé quedando dormido en el
sofá. Cuando desperté, ya en la madrugada, la tele estaba apagada y yo estaba a
oscuras. Me levanté con pereza para ir a la cama, pero el movimiento me
despabiló tanto que ya no pude volver a dormir, y entonces, para no esperar la
luz del día con los ojos clavados en el techo, me fui a la computadora y abrí el
chat.
Este ha sido un resumen de mi vida y los mejores momentos que recuerdo de ella.
Me gustaría volver a ver a mis viejos amigos y así poder pasar
buenos tiempos y beber Coca-Cola una vez más.
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